lunes, 26 de mayo de 2008

Desempleo

El suelo de la cola del paro está lleno de colillas, todas de tabacos baratos. En la cola del paro, sea invierno o verano, siempre hace frío. No hay sueños en la cola del paro; solo esperas. Tampoco conversaciones, sino susurros decaidos.
Llegar en coche propio a la cola del paro es una excepción; hacerlo en taxi, un lujo, como el de un actor que contrata una limusina para pisar la alfonbra roja.
Las oficinas de la cola del paro son distintas en cada lugar. En las ciudades del sur están colocadas justo al lado de los colegios y, para aprender horarios y rutinas, los muchachos y las muchachas merodean por las colas del paro a la hora del recreo. En las grandes urbes, sin embargo, siempre están en barrios de edificios grises junto a una boca de metro. De allí salen y entran los desempleados para cambiar de estación. Las miradas están bajas.
En la cola del paro la ropa siempre está limpia y seca. Los tendederos, vacíos.
Ropa Tendida

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